Lima, Perú. - El debate presidencial entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez se celebró a seis días de la segunda vuelta de las elecciones, brindando a ambos candidatos una última oportunidad para captar la atención de los indecisos. Las encuestas previas mostraban a Fujimori ligeramente adelante, con una ventaja de tres puntos sobre Sánchez, en un ambiente marcado por la desconfianza y tensión política.
Ambos candidatos optaron por vestimenta blanca, enviando una señal de unidad y limpieza en un terreno donde las acusaciones son frecuentes. Fujimori, en su vestido blanco, se presentó como la representante del orden, mientras que Sánchez, con su sombrero característico, criticó la gestión pasada del fujimorismo. La tensión se palpó cuando Fujimori llamó a su adversario “congresista Sánchez”, indicando su intención de desacreditar su figura ante el electorado.
El debate tocó cuatro ejes temáticos: seguridad, derechos humanos, educación y economía. Fujimori estableció su enfoque en la seguridad con propuestas concretas, mientras que Sánchez recordó el legado negativo de su padre y la caída de presidentes durante la gestión fujimorista. Las críticas mutuas se intensificaron, con cada candidato vinculado a figuras del pasado que resuenan negativamente en la memoria colectiva.
Un momento conmovedor se dio cuando Sánchez, aludiendo a la vida familiar de Fujimori, cuestionó su capacidad para representar valores familiares, lo que generó una respuesta airada de ella. En términos de propuestas, Fujimori presentó un plan que abarca desde el despliegue militar hasta la modernización escolar. Por su parte, Sánchez prometió depurar la Policía Nacional, buscando una mayor transparencia en el servicio público.
El debate, aunque breve, dejó en claro que las elecciones peruanas están profundamente influenciadas por el legado del pasado y la polarización actual entre candidatos. Los próximos días serán decisivos para determinar cuál de las visiones logrará resonar en un electorado cansado de crisis y disputas políticas.